jueves, 17 de julio de 2014

La Revolución de las Almas - La vieja Estación (Cap. 2)

Se apresuró a bajar los escalones de dos en dos, como cuando era niña y jugaba en la antigua escalera de la casa de su abuela. Salió de aquel viejo edificio azotando las puertas contra las paredes despintadas, dejando atrás ese escenario que tantas veces había contemplado con cansancio.

Corrió hacia la Av. Santen Hill y tomó el primer taxi que pudo encontrar: uno amarillo, con un aromatizante de pino poco agradable para cualquiera que no fuese conductor. El hombre al volante parecía perdido en sus propios pensamientos, observando el aumento del taxímetro como si aquello fuese lo único capaz de mantenerlo despierto durante la noche.

Apenas llegaron a la vieja estación, el taxista solo atinó a decir:

—Son 36 dólares.

Ella rebuscó apresuradamente dentro del desordenado bolso que había recogido del suelo antes de salir de casa. Después de mover papeles, llaves y algunos objetos olvidados, encontró un billete de cincuenta y se lo entregó.

—Gracias —murmuró.

Cuando el conductor se giró para devolverle el cambio, se percató de que aquella chica de cabello rojizo —el cual parecía estar en todas partes menos sobre su cabeza— ya no estaba. Había desaparecido dejando la puerta abierta, como si el azar pudiera encargarse del resto.







Al llegar a las descuidadas bancas de la estación, buscó con desesperación a aquella persona que debía encontrar hacía ya una hora. Después de recorrer el lugar sin éxito, terminó recostándose sobre una de esas bancas cubiertas de nombres pintados y corazones mal tallados con las iniciales de adolescentes que solían pasar por ahí cada viernes después de la escuela cercana a la estación.

Tomó una postura peculiar: apoyó los codos sobre sus rodillas juntas mientras sus manos sostenían los costados de su cabeza, dejando a la vista sus altos tacones marrones, los mismos que usaba todos los días para ir a trabajar.

Entonces, de repente, una sombra cubrió sus zapatos hasta la altura de sus pantorrillas. Antes de que pudiera reaccionar, escuchó una voz familiar decir:

—Me pregunto si algún día cambiarás, hermanita… jajá.

Levantó la mirada.

Y ahí estaba ella.

Aquella chica alta de cabello largo y negro, y grandes ojos marrones.

Era ella.
Era Sam…


No hay comentarios:

Publicar un comentario