De las dos, Sam siempre había sido la divertida, alegre y soñadora; la que robaba la atención de cualquiera apenas entraba en una habitación. Marie, en cambio, era la aburrida y poco sociable de las dos.
A pesar de sus diferencias, siempre se habían llevado bien. Marie trataba de mantenerse alejada de todos y de todo, pero Sam terminaba siguiéndola de cualquier forma.
—¡Una hora tarde! Esta vez sí te pasaste, Marie —dijo Sam con tono burlón.
—Lo siento, de verdad. El tiempo se me fue de las manos, no fue intencional —respondió Marie.
—Bueno, al menos me trajiste flores. Me encanta que tengas detalles para darme la bienvenida…
—¿Qué flores? ¿De qué hablas?
—¡Exacto! Ni siquiera pensaste en mí. Sabes que adoro las flores para una bienvenida… —respondió Sam con un exagerado tono caprichoso.
—Carajo, Sam, no estoy de humor para tus tonterías.
—Tranquila, solo bromeaba. Qué bien me recibes…
—Solo vámonos.
Ambas dieron media vuelta y se marcharon.
Al llegar al viejo departamento, Sam solo atinó a decir:
—¿Aquí vives?
Su tono desagradable hizo que Marie frunciera el ceño.
—Sí, aquí vivo. Y si no te gusta, pues qué pena.
—Tranquila, que te vas a arrugar —dijo Sam mientras lanzaba sus cosas sobre el enorme sofá de cuero negro que estaba en el lobby.
—Bueno, bueno… ¡Cuéntame! ¿Con quién sales ahora? —preguntó sonriente mientras se desplomaba sobre uno de los sofás cercanos.
—¿Salir? No he salido con nadie desde hace bastante tiempo.
—Entonces, ¿de quién es esa casaca azul que está ahí?
—Es mía. La tengo desde hace tiempo, la uso de vez en cuando…
—Pero ese modelo es para hombre. Te vistes raro, pero no masculina. Seguro le pertenecía a ese viejo novio francés tuyo. ¿Cómo se llamaba? ¿Jim? ¿Bill? ¿Joe?
—Nick. Su nombre es Nick Fournier. Y sí, es de él. La dejó aquí la última vez que nos vimos.
—No sé cómo pudiste terminar con él. Era lo que cualquier chica busca en un hombre: alto, atractivo, con buena posición económica, amigable… lo tenía todo.
—Supongo. Pero no quiero hablar de eso. Mejor ordena tus cosas. Tienes el cuarto de huéspedes, y obviamente este no es.
—Bueno, está bien… tu casa, tus reglas.
Esa misma noche, luego de que Sam terminara de instalarse, decidieron salir a comer algo, aunque eso provocó una pequeña discusión durante todo el camino. Finalmente, llegaron a un acuerdo: comer lo que ambas más disfrutaban, una hamburguesa y una malteada de frambuesa.
Rieron durante toda la noche, incluso a pesar de lo seria que podía llegar a ser Marie. Caminaron por varias calles hasta que Sam finalmente dijo:
—Realmente estoy cansada… ahora sí, volvamos a tu casa.
Marie simplemente asintió.
Al regresar al departamento, lo primero que hizo Marie fue lanzar su largo abrigo sobre una de las sillas cercanas a la entrada, mientras Sam entraba rápidamente al baño.
El departamento estaba especialmente diseñado para ella. Todo parecía acomodado para convivir con su extraño equilibrio entre desorden y organización. Cada objeto parecía estar exactamente donde debía, como si el lugar entero hubiese sido calculado para adaptarse únicamente a su rutina. Quizá por eso nunca se había mudado; era el único sitio donde realmente se sentía cómoda.
A simple vista, todo seguía exactamente igual, incluso después del caos que había provocado la impetuosa llegada de Sam. Sin embargo, hubo algo que llamó su atención cuando dejó las llaves junto al teléfono: una pequeña luz parpadeante.
Eso era extraño. Ella no estaba acostumbrada a recibir llamadas.
Sin demasiada preocupación, presionó el botón para reproducir el mensaje. Entonces una voz masculina dijo:
—Buenas noches, Srta. Barlotti. Habla Mark Huré, jefe de policía de Mindwhire. Por favor, acérquese a la comisaría lo antes posible. Es sobre su compañera de trabajo, Francesca Manks. Buen día.
—Vaya, vaya… así que a la hermana aburrida le gusta meterse en problemas, jajá… —dijo Sam en tono burlón mientras secaba sus manos con una pequeña toalla.
......